«Cru00f3nica de una erru00e1tica gestiu00f3n»

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De las pandemias por un nuevo patógeno se sale cuando la mayoría de la población susceptible se ha inmunizado naturalmente o por una vacuna efi­caz

Juan de Dios Colemenero Ex jefe de Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Regional de Málaga

Fuente: diariosur.es (18/04/20)

El arte de gobernar consiste en diagnosticar bien las prioridades, y el buen gobernante debe conocer que la validez de las deducciones depende de la calidad de las observaciones. En la presente crisis, todo apunta a que nuestros responsables políticos ni observaban con atención lo que sucedía, ni extraían deducciones correctas de lo que veían.

Hemos oído innumerables veces que esta pandemia era absolutamente imprevisible. Y eso no es cierto, por más que algunos pretendan hacernos creer que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Basta buscar en cualquier repertorio científico la entrada ‘pandemic preparedness’ (‘preparación para una pandemia’) para encontrar en los últimos 15 años centenares de entradas. Con dos epidemias previas de coronavirus, ciertamente más limitadas, no era muy descabellado ni arriesgado aventurar la posibilidad de que ocurriera otra de similares o peores consecuencias. Algunos países como Corea del Sur fueron conscientes de ello y se prepararon a tal efecto.

vircov2El 7 de enero, las autoridades chinas publicaron la secuencia del nuevo coronavirus que estaba produciendo un brote epidémico en Wuhan. Cuando tan solo tres semanas después el número de infecciones superaban los 30.000 casos y tanto el Centro Europeo de Control de Enfermedades como la OMS alertaban de la severidad de la epidemia y su riesgo de transmisión transfronteriza nuestro Gobierno comienza una extraña metamorfosis que pasó por las fases de duda, negación y aceptación.

La constatación de los primeros casos en Irán a principios de febrero despejó la duda y confirmó que la actual no era otra amenaza de brote epidémico limitado a un país lejano de costumbres culinarias exóticas. Sin embargo, nuestro ministro de Sanidad, ignorando las evidencias de que el nuevo coronavirus era altamente transmisible, aún sostenía que no existían razones sanitarias para cancelar el Mobile Congress, en el que estaban inscritos muchos miles de ciudadanos chinos.

Ciertamente, algunos de los técnicos que están al mando de esta crisis han vivido de cerca más de una pandemia y reflexionado acerca de sus condicionantes. Por eso resulta insólito que en plena fase de negación, cuando el 7 de marzo la epidemia ya había producido en Italia 5.883 infectados y 233 muertes y existían suficientes datos para pensar que la infección podía ser transmitida por personas asintomáticas, diferentes responsables del Gobierno sostuvieran que acudir a actos multitudinarios era una decisión individual, como si la responsabilidad de velar por la salud pública recayera en un ente abstracto y no en el Estado.

Solo siete días más tarde se entró en fase de aceptación y se decretó el estado de alarma. Desgraciadamente, en ese momento ni estábamos abastecidos de los recursos sanitarios necesarios, ni adecuadamente coordinados para afrontar una epidemia del calado que se podía intuir, motivos por los cuales empezamos a pagar un elevado precio en sufrimiento social, casos evitables en profesionales sanitarios y pérdida de vidas de personas de edad avanzada, dos grupos cuyo alto riesgo ya era conocido.

A pesar de todo, con un esfuerzo colectivo sin precedentes y unos profesionales sanitarios trabajando en un escenario desconocido, con recursos muy limitados, y opciones terapéuticas basadas en ensayo y error, estamos superando la fase exponencial de vircov1la epidemia. Sin duda, más pronto que tarde, la pandemia se estabilizará, porque los recursos científicos mundiales que se dedicarán a ella no tendrán parangón desde la época de eclosión del VIH/SIDA.

No se puede capear una tormenta sanitaria a base de declaraciones. El Gobierno apela constantemente a no mirar atrás y el presidente Sánchez, en alocuciones tan largas como poco clarificadoras, solicita reiteradamente un apoyo que nunca se le ha negado y a cambio del cual solo se le pide eficacia, transparencia y humildad. Eficacia para proveer de los medios necesarios a los que se enfrentan día a día al riesgo de infección, transparencia para trasladar a la opinión pública en base a qué y quiénes dictan las sucesivas y ocasionalmente contradictorias recomendaciones, y humildad para hacer autocrítica y dejarse asesorar por los que conocen cómo, cuál y cuándo usar eficientemente las diferentes pruebas de diagnóstico microbiológico e interpretar sus resultados.

De las pandemias por un nuevo patógeno se sale cuando la mayoría de la población susceptible, que somos todos, se ha inmunizado naturalmente o se consigue una vacuna o una terapia eficaces, pero mientras esto se logra, en un entorno de extrema alarma social como el que padecemos, exijamos que respondan a las preguntas no resueltas: susceptibilidad individual, factores de riesgo de mala evolución, terapias adecuadas, inmunidad de grupo, posibilidad de segunda oleada, etc., profesionales con experiencia y credibilidad científica contrastada.

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