Dicen que cada uno de nosotros somos tres personas a la vez: la que creemos ser, la que los demás creen que somos, y la que en realidad somos. Pero lamentablemente, desde la perspectiva social, “lo que en realidad somos” es “lo que los demás creen que somos”. La percepción social, piensan muchísimos expertos, sería lo único que cuenta. O en otras palabras: si cinco hombres te dicen que estás borracho… mejor te vas a dormir.
La introducción viene a cuento del debate actual sobre los Centros de Salud. En este momento de pandemia (junio-julio de 2020) la percepción social sobre la Atención Primaria es desastrosa. No hay más que entrar en las redes sociales, u oír los comentarios de la calle, o escuchar a las personas que se acercan al mostrador de Admisión, para darte cuenta de que no hemos explicado nada, o de que nada se ha entendido, o de que estamos dando palos de ciego.
Piensan los pacientes que los Centros de Salud están cerrados. Piensan que los médicos no venimos a trabajar. Piensan que se les desatiende. Piensan que ya no prestamos servicios. Piensan que la asistencia es exclusivamente telefónica. Piensan que el teléfono no es una herramienta válida en la relación con su médico. Una imagen desastrosa que nadie se está encargando de contrarrestar. Una opinión que, como la de los cinco tipos que te dicen que estás borracho, es la triste realidad. Porque puede ser verdad. O no. Pero, en todo caso, es la realidad percibida; y la realidad percibida es la única real.
Hoy, desde mi muro de Facebook, voy a iniciar una serie de artículos consecutivos sobre los Centros de Salud. No sé si serán tres, o cuatro. En todo caso, durarán hasta que me canse de recibir improperios por las redes sociales sobre lo malos que somos los médicos, sobre lo mucho que nos equivocamos, sobre lo bien que vivimos y sobre lo mucho que ganamos. Ya anticipo una respuesta general para todos los resentidos: cada mes de septiembre se abren los plazos de matrícula en las Facultades de Medicina. Ya estás tardando. Cagoentó.
Comenzaré por dar la razón abiertamente a quien opina que la Atención Primaria anda medio escondida estos días. Así es. Existen ciertos motivos, por supuesto. Y de ellos hablaremos por extenso. Pero razón, llevan los críticos. Trabajamos medio escondidos. O hibernados.
Puedo asegurar que no es por miedo: la mayoría de los sanitarios contagiados y fallecidos por coronavirus han sido los de Atención Primaria, lo cual demuestra no sólo nuestro grado de exposición a pecho descubierto (literalmente descubierto), sino el compromiso con que médicos, enfermeras, matronas, celadores, auxiliares, trabajadoras sociales y administrativos de Primaria hemos dado la cara durante la crisis.
Puedo asegurar que tampoco es por pereza: la pandemia de coronavirus es como un iceberg flotando en la mar salada. Un 10% sobresale. Un 90% permanece sumergido. El 10% que sobresale son los casos que llegan al hospital, a las UCIS, a los respiradores o al cementerio. Del 90% sumergido nos encargamos nosotros. Los de Primaria. Silenciosamente. Sin los periódicos detrás. Pero nos encargamos.
He visto a las enfermeras de mi Centro de Salud ponerse en primera línea para realizar triaje. He visto a la trabajadora social de mi Centro de Salud abandonar el despacho para recibir enfermos en la puerta. He visto a médicos y enfermeras de Málaga acudir a las residencias de ancianos tras su jornada laboral. He visto a las limpiadoras de mi Centro de Salud batirse como jabatas contra el coronavirus. Porque un Centro de Salud, aunque parezca mentira, no son sólo los médicos de familia y los pediatras. Es un equipo multidisciplinario. Y a partir de ahora, cuando me refiera a médicos, se entenderá indistintamente para el resto de categorías.
El médico de Primaria, como el lince ibérico, es una especie a extinguir. Y como tal, está protegida por la Ley. El médico de Primaria es el primer y último cartucho que le queda a los pacientes antes de llegar al Hospital. Y durante una pandemia, es el último cartucho antes de colapsar al Hospital. Sin la Atención Primaria, otra onda epidémica sería absolutamente desastrosa. Que se lo digan a la Comunidad de Madrid, donde el secular abandono de la Primaria y la apuesta inicial durante la pandemia de redirigir recursos de los Centros de Salud a los Hospitales ha tenido buena culpa de lo que allí sucedió.
La pandemia no ha terminado. El virus no se ha esfumado. Una cosa es que abran los bares, y otra cosa es que pongamos barra libre en los Centros de Salud. El chistecito gráfico de personas apiñadas en la terraza de un bar, frente a la puerta cerrada de un Centro de Salud… es hiriente, además de incierto. Y la lectura, en todo caso, sería al revés: ¿por el hecho de que la gente se apiñe en los bares, o en la playa… es conveniente que también se apiñen en las salas de espera de los Centros de Salud? ¿Sí? ¿De veras? Pues si opinas eso, lector, estás perdido. Y estás perdido porque estoy perdido yo. Porque si yo me contagio, que soy el lince ibérico, no habrá otros linces para sustituirme. Y me joderé yo, pero te joderás tú.
La pandemia de coronavirus ha traído, inevitablemente, otras formas de trabajar. Los Centros de Salud ya están abiertos, pero el paso franco no es posible así sin más. Las salas de espera nunca serán, como lo fueron antaño, el club social donde se llegaba a las ocho de la mañana cuando tenías cita a las doce con tu médico. Las salas de espera ya no van a ser, jamás, las vías de escape de los ancianos para buscar la socialización y combatir la soledad. Las salas de espera ya no van a ser, jamás, el batiburrillo de gente tosiendo, de gente con diarrea, de gente con un dolor de espalda y de gente sana a recoger un papel. Eso, se acabó. No lo verán ya nuestros ojos. Acostúmbrate a ello, lector, pues forma parte de la nueva normalidad.
Pero que las salas de espera se vacíen no significa que los pacientes estén abandonados. No lo están. Salvo que entiendas que es muy recomendable venir cada lunes al médico a contarle una peripecia diferente (y juro que no me lo invento), no se ha abandonado a nadie. Salvo que entiendas que por teléfono no le puedes pedir a un médico que te renueve las recetas caducadas, no se ha abandonado a nadie. Salvo que entiendas que por teléfono no se puede pedir al médico la emisión de un alta laboral, o de un certificado médico, no se ha abandonado a nadie.
Porque lo que ha sucedido, de lo que hablaremos mañana, es un cambio en el modelo de accesibilidad: el dueño de las agendas es ahora el médico, y no el paciente. El médico gestiona sus citas, y no el paciente. El médico y el paciente consensúan las visitas, no sólo las decide el paciente. El médico, por fin, tiene algo que decir sobre la accesibilidad. Y eso, como todas las pérdidas bruscas, es motivo de duelo para muchos. Pero si las cosas se explican con ejemplos y se acaba la demagogia política de la «inmediatez para todo»… conseguiremos reflotar.
Mañana y pasado hablaremos de la consulta telefónica, de la consulta presencial, de las demoras, de las citas a los especialistas, de la atención urgente, de las visitas domiciliarias, de los consultorios pequeños y de otras muchas actividades de los Centros de Salud. Todo ello, por supuesto, si tienes a bien acompañarme en este repaso general a la nueva Atención Primaria.
Cagoentó.
Firmado:
Juan Manuel Jimenez Muñoz.
Médico y escritor malagueño.
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